71. Seguridad ciudadana I: Policía Nacional, Guardia Civil, autonómicas y locales

Un país muy seguro con un mapa policial duplicado, rivalidades entre cuerpos y problemas de coordinación que ningún gobierno ha querido abordar.

Policía Guardia Civil Mossos Coordinación policial

1. Un país seguro con muchos policías

España es, en criminalidad convencional, uno de los países más seguros de Europa occidental. El Balance de Criminalidad del Ministerio del Interior (portal estadístico SES) registró en 2024 2.456.413 infracciones penales (−0,3 % interanual): tasa de criminalidad convencional 41,0 por 1.000 habitantes y cibercriminalidad 9,6 por 1.000. En 2025: 2.474.156 infracciones (+0,8 %); convencional 40,4 y ciber 10,0 por 1.000. Fuente: estadisticasdecriminalidad.ses.mir.es. La tasa de homicidios dolosos se mantiene en la banda baja europea (orden de 0,6–0,7 por 100.000 en series Eurostat/Interior de años recientes; contrastar el año citado). Ese resultado se apoya en capilaridad policial, cohesión social y baja posesión de armas de fuego.

Este resultado se logra con una de las densidades policiales más altas de Europa: Policía Nacional (en torno a 70.000 efectivos), Guardia Civil (alrededor de 80.000, con funciones también militares), Mossos d'Esquadra (unos 17.000), Ertzaintza (en torno a 8.000), Policía Foral de Navarra (unos 1.000) y más de 60.000 policías locales repartidos en más de 1.800 municipios con cuerpo propio. La cifra total supera con holgura los 250.000 agentes, algo más de cinco por 1.000 habitantes, muy por encima de la media de la UE.

La pregunta no es si hay suficientes policías (hay muchos) sino si están bien repartidos, bien dotados y bien coordinados. Hay déficits de plantilla en zonas concretas (Campo de Gibraltar, fronteras, grandes ciudades turísticas en verano), una pirámide de edad envejecida con una parte importante de jubilaciones inminentes, y una desigualdad de condiciones salariales entre cuerpos que ha originado conflictos como la lucha por la equiparación salarial de policías y guardias civiles con los Mossos y la Ertzaintza.

2. Reparto de funciones: el mapa de las duplicidades

La Ley Orgánica 2/1986 de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad distingue: las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado (Policía Nacional en núcleos urbanos, Guardia Civil en el medio rural, mar, fronteras, tráfico en la mayoría de España), los cuerpos de las comunidades autónomas con competencia estatutaria (Cataluña, País Vasco, Navarra y, en parte, Canarias o Andalucía con unidades adscritas) y las policías locales. En la práctica, el mapa genera solapamientos: en Cataluña y País Vasco, las policías autonómicas son las ordinarias de seguridad ciudadana y tráfico, y el Estado mantiene competencias en fronteras, extranjería, terrorismo, investigación de ciertos delitos y protección de infraestructuras. El ciudadano no siempre sabe a quién acudir, y los cuerpos compiten por competencias y por proyección pública.

Hay un problema histórico de rivalidad e intercambio insuficiente de información entre cuerpos: bases de datos distintas, protocolos distintos, y a veces desconfianza. Los atentados de Barcelona de agosto de 2017 reabrieron un debate sobre la coordinación entre Mossos, Policía Nacional, Guardia Civil y CNI, y sobre el acceso de los Mossos a bases de datos europeas de Interpol y Europol. Aunque se ha mejorado con el Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO) y las Juntas de Seguridad, la fluidez no siempre existe.

Los acuerdos políticos de los últimos años han vuelto a plantear cesiones competenciales a Cataluña (control de puertos y aeropuertos, gestión de la inmigración, un eventual traspaso de funciones de la Guardia Civil y policía de fronteras), lo cual plantea un debate legítimo: ¿la seguridad es un asunto de Estado que requiere unidad de mando en fronteras y terrorismo, o puede descentralizarse sin pérdida de eficacia? La respuesta depende de garantías de interoperabilidad y de que la ley establezca líneas rojas claras.

3. Policías locales: el tercer nivel olvidado

Las policías locales (unos 60.000–65.000 agentes) realizan funciones de seguridad ciudadana, tráfico y policía administrativa, pero su diseño es muy heterogéneo: municipios grandes con cuerpos profesionales y bien dotados; municipios pequeños con tres o cuatro agentes, a veces sin formación homogénea ni acceso pleno a bases de datos; interinidad y temporalidad en las plantillas, y un régimen jurídico que depende de leyes autonómicas. La jubilación anticipada a los 59 años (reconocida en 2019) agravó los déficits de plantilla. Además, hay un déficit de coordinación con las policías estatales en materias como violencia de género, tráfico de drogas a pequeña escala y okupaciones.

Hay municipios con competencias de hecho en seguridad que se hacen cargo de problemas como la okupación, la venta ambulante, el botellón o el civismo, con medios limitados y sin competencias de investigación. La multiplicación de cuerpos pequeños es ineficiente y produce desigualdad en la protección ciudadana. Una agrupación de policías locales en áreas supramunicipales, con estándares comunes de formación y acceso a bases de datos, sería razonable en municipios de menos de 10.000 habitantes.

La policía de proximidad es la que más influye en la sensación de seguridad. El debate no es solo de número de agentes, sino de modelo: patrullaje a pie, conocimiento del barrio, presencia en zonas conflictivas y una relación de confianza con la comunidad. Es precisamente lo que a menudo falta en los barrios con mayor vulnerabilidad.

4. Condiciones laborales y reforma de las carreras

Los sindicatos y asociaciones policiales y de la Guardia Civil reclaman desde hace años la equiparación salarial con los cuerpos autonómicos y con otros policías europeos, la mejora de las condiciones de las plantillas en zonas conflictivas (el Campo de Gibraltar, Ceuta, Melilla), la jubilación anticipada para la Policía Nacional y la Guardia Civil, y la reforma de la carrera profesional. La falta de relevo generacional (con muchas plazas sin cubrir en ciertas especialidades) plantea un problema en la próxima década. En 2018 se firmó un acuerdo de equiparación escalonada que se cumplió solo parcialmente.

La Guardia Civil es un cuerpo militar dependiente del Ministerio del Interior y del de Defensa, con un régimen disciplinario militar que limita la libertad sindical (los guardias civiles tienen asociaciones profesionales y no sindicatos, y la jurisprudencia europea sobre las fuerzas de carácter militar ha ido ampliando el debate sobre la libertad sindical). Un cuerpo que hace trabajo policial con estatuto militar genera tensiones. Cada reforma exige equilibrar derechos laborales con disciplina operativa.

La dignidad del agente y la calidad de la seguridad están ligadas. Un cuerpo mal pagado, sobrecargado y sin respaldo político se desmotiva, y el riesgo de corrupción o abandono aumenta. Es una inversión rentable cuidar a quienes cuidan la seguridad.

5. Propuesta del taller: Estrategia Nacional de Seguridad Ciudadana

El taller propone una reforma gradual con cuatro pilares. Primero, una Estrategia Nacional de Seguridad Ciudadana que defina los ámbitos de competencia de cada cuerpo, con las funciones irrenunciables del Estado (fronteras, terrorismo, crimen organizado, ciberseguridad) y la colaboración obligatoria con las policías autonómicas y locales. Segundo, bases de datos únicas e interoperables y acceso recíproco, con responsabilidad por incumplimiento. Tercero, plan de plantillas y carreras con un calendario de equiparación salarial y refuerzo de zonas críticas. Cuarto, agrupación de policías locales pequeñas con estándares comunes.

También conviene revisar la Ley Orgánica 4/2015 de Protección de la Seguridad Ciudadana («ley mordaza»), cuyas sanciones administrativas, como las de perturbación de la seguridad ciudadana en manifestaciones, generaron críticas por su efecto disuasorio sobre derechos de reunión. Una reforma equilibrada garantizaría el orden público sin restringir innecesariamente las libertades.

Por último, un órgano de evaluación independiente que mida la eficacia policial con indicadores públicos (tiempos de respuesta, tasas de esclarecimiento, satisfacción ciudadana, quejas) permitiría asignar recursos con criterios objetivos y no por inercia territorial o presión política. La rendición de cuentas de las fuerzas de seguridad es compatible con la protección de los agentes, y fortalece la legitimidad de unos cuerpos que gozan de buena valoración social, pero que deben mantenerla con transparencia, formación continua en derechos humanos y mecanismos eficaces de control de abusos puntuales. Una policía respetada es una policía que rinde cuentas.

Idea clave: España no necesita más cuerpos sino mejor coordinación: bases de datos comunes, competencias claras y carreras dignas.