8. Desafección y confianza institucional: los datos incómodos

Qué instituciones merecen la confianza de los españoles, cuáles no, y qué dice eso sobre la salud democrática del país.

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1. Qué dicen las encuestas (con cautelas)

Los barómetros del CIS, el Eurobarómetro y otros estudios (Pew, Edelman, OCDE Trust Survey) dibujan un patrón estable: la confianza de los españoles es alta en instituciones prestadoras de servicios directos (Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, Fuerzas Armadas, sistema sanitario, universidades) y baja en instituciones políticas (partidos, Gobierno, Parlamento, justicia como poder). El Eurobarómetro sitúa a los españoles por debajo de la media de la UE en confianza en el Gobierno y el Parlamento, y por encima en la UE como institución. La monarquía ha oscilado, con valoraciones muy distintas por edad y por territorio.

Conviene cierta cautela: las encuestas miden percepción y están sujetas a efectos de coyuntura (una crisis política o un escándalo reciente puede mover varios puntos). Además, la confianza es relativa: España no está sola, y en muchos países europeos las instituciones políticas son impopulares. Pero la combinación de alta desconfianza política con una cultura asistencial amplia (los ciudadanos esperan mucho del Estado y confían poco en quienes lo dirigen) es una tensión especialmente fuerte.

Los datos del CIS, por ejemplo, muestran que más de la mitad de los encuestados puntúa con suspenso su confianza en partidos, Gobierno y Parlamento, mientras instituciones como las Fuerzas Armadas, la policía o el sistema sanitario reciben notas claramente superiores.

2. La brecha generacional y territorial

Los jóvenes españoles son los más críticos con el sistema político y los menos convencidos de que la democracia sea el mejor sistema posible en todos los casos, según varios estudios recientes (con una proporción no despreciable que aceptaría un gobierno «autoritario» si resolviera problemas). No es una anomalía española: ocurre en muchos países. Pero se combina con una precariedad laboral, un acceso casi imposible a la vivienda y una emancipación tardía (la edad media supera los 30 años). Se trata de una generación con menos que perder institucionalmente y más que ganar con el cambio.

Territorialmente hay también diferencias: la confianza en las instituciones centrales es mucho menor en Cataluña y País Vasco que en el resto, mientras que la confianza en los gobiernos autonómicos es más alta en general que en el Gobierno central en esas comunidades. Esto da contenido a la política identitaria y explica por qué cualquier reforma territorial se interpreta en clave de lealtad antes que de eficacia.

Esta brecha preocupa porque las cohortes jóvenes arrastran sus actitudes durante décadas: quien se socializa políticamente en un periodo de crisis y escándalos tiende a mantener una desconfianza persistente. En Cataluña y el País Vasco, además, la confianza en las instituciones centrales se combina con una identificación territorial propia, de modo que la desafección no siempre significa rechazo a la política en general sino a un nivel concreto de gobierno.

3. Causas: corrupción, gestión, polarización y distancia

Los factores se solapan. La corrupción, aunque España no sea el peor ejemplo europeo, ha tenido una presencia mediática continuada y casos de partidos grandes. La gestión de crisis (2008, pandemia, DANA, apagón) ha dejado la sensación de un sistema de responsabilidades difusas, con administraciones que se pasan la pelota. La polarización político-mediática ha convertido la política en un espectáculo de insultos. Y la distancia entre representante y representado, agravada por listas cerradas y disciplina de voto, deja al ciudadano sin interlocutor.

Hay otro factor poco discutido: la sobrepromesa. Los programas electorales incluyen cientos de promesas, algunas incumplibles. Cuando el ciudadano comprueba que una buena parte no se cumple o se cumple en versión rebajada, aprende que el voto cambia poco. La literatura sobre cumplimiento de promesas muestra que los partidos cumplen una parte considerable, pero la percepción dominante es la contraria, lo que ya es un síntoma.

La percepción de que los partidos antes de las elecciones prometen lo que no pueden cumplir y después culpan a otras administraciones de no hacerlo es una de las quejas más repetidas en los grupos de discusión, y alimenta la sensación de que los políticos no rinden cuentas de lo que dicen.

4. Consecuencias: abstención, volatilidad y populismos

La baja confianza no se traduce necesariamente en abstención masiva (la participación en generales ronda el 66–72 %), pero sí en volatilidad: aparición de nuevos partidos, caída de los tradicionales, voto de castigo, voto protesta. Entre 2014 y 2019, el bipartidismo se rompió con la irrupción de Podemos y Ciudadanos; después ascendió Vox y desapareció casi por completo Ciudadanos. Es el patrón europeo: sistemas de partidos más fragmentados y menos previsibles.

El riesgo no es la desaparición de la democracia, sino su deterioro: pérdida de legitimidad de las decisiones, aceptación de atajos (decretos, filtraciones, judicialización de la política), polarización afectiva y debilitamiento de los mecanismos de control. Una democracia con instituciones poco queridas es una democracia con menos defensas ante crisis y ante actores que quieran sobrepasar las reglas.

También hay una consecuencia silenciosa: la desafección reduce la disposición a pagar impuestos, a aceptar sacrificios compartidos y a respetar normas, lo que encarece la gestión de lo público y refuerza el círculo de baja confianza y baja eficacia. En clave comparada, la combinación de desconfianza y voto de protesta ha reconfigurado los sistemas de partidos en casi toda Europa (Italia, Francia, Alemania, Países Bajos), y España ha seguido esa pauta con la irrupción sucesiva de Podemos, Ciudadanos y Vox, que canalizaron malestares distintos y obligaron a los partidos tradicionales a replantear sus estrategias. Estos movimientos no son una anomalía pasajera, sino la expresión de demandas reales de representación que el sistema no ha sabido atender a tiempo, y que seguirán reapareciendo mientras persistan sus causas.

5. Qué restaura la confianza: resultados, transparencia y rendición de cuentas

La literatura apunta a tres palancas. La primera, entregar resultados: servicios públicos que funcionan, plazos razonables, vivienda accesible. La confianza se construye en la ventanilla, no en el discurso. La segunda, transparencia y datos abiertos: permitir que cualquier ciudadano pueda comprobar qué se hace con el dinero público, cuánto tarda un trámite o qué actividad desarrolla su ayuntamiento. La tercera, rendición de cuentas con consecuencias: dimisiones, ceses, sanciones reales, independencia de los organismos de control.

Cada una requiere voluntad política y tiempo. Las reformas para recuperar confianza son, en la mayoría de los casos, poco espectaculares, y sus efectos son lentos. Pero la alternativa, dejar que se erosione, tiene costes acumulativos. Los países nórdicos y los Países Bajos muestran que la confianza elevada es el resultado de décadas de instituciones eficaces, y no un rasgo cultural inmutable.

Ejemplos prácticos de rendición de cuentas son los informes anuales de cumplimiento del programa de gobierno, las comparecencias periódicas con preguntas ciudadanas y la publicación de las agendas y los gastos de los altos cargos. Esto exige constancia: la confianza se pierde rápido y se recupera despacio.

Idea clave: la confianza se gana con servicios que funcionan y controles que muerden. No hay campaña de comunicación que sustituya a eso.